En las últimas horas leí una noticia que indicaba que “Massa pretende disputar la agenda de centro con Larreta, mientras mira de lejos la interna del PJ y Máximo”. La lectura de la misma me despertó algunas reflexiones que me gustaría compartir con quien me regale unos minutos de atención.

¿Por qué cuando se acercan las elecciones los principales dirigentes o candidatos comienzan a disputarse el denominado “centro”?

La respuesta más rápida es: porque eso es lo que surge de los antecedentes. Tal vez el hartazgo hacia la política, o la búsqueda de un tiempo de tranquilidad y menos crispación, o tal vez porque la sensación que produce escuchar a alguien que dice tener ideas de centro, o se muestra moderado, provoca la misma confianza que depositamos en el “conductor designado” al regresar en auto de una fiesta.

La estadística indica que esta es una tendencia que crece a medida que se acercan las elecciones. El fanatismo deja de ser una buena opción cuando se acerca el momento de decidir. Por más pasión que exprese, el ciudadano promedio no se pelea en las canchas de fútbol.

Cuando volvimos a la democracia los argentinos elegimos al candidato que podía traernos paz, que se apegaba al preámbulo de la Constitución y que nos alejaba de la violencia de los años anteriores. Luego elegimos a un candidato que vestido con poncho bajaba desde La Rioja predicando la unión nacional. Más tarde a un dirigente con actitud seria y tan alejado de la farándula que hasta resultaba aburrido. Después atravesamos la crisis y aceptamos realizar la transición con el único que parecía poder recuperar el orden. Luego vino un ignoto dirigente patagónico con fama de buen administrador, y a continuación la que se suponía que sumaría la institucionalidad perdida. Cuando vimos que eso no sucedió, porque sumó autoritarismo y división, recurrimos al candidato que sonreía, bailaba, que gobernaba la ciudad más moderna y pujante del país y que no agredía ni insultaba a sus adversarios. Por supuesto, cuando eso se perdió en el laberinto de la gestión, cuando ese dirigente comenzó a mostrar enojo y adoptó la doctrina de la grieta, vino un reinventado y apacible profesor universitario prometiendo una Argentina unida, aunque eso significaba ocultar la cara más oscura de su frente político.

En cada elección la ciudadanía emitió un mensaje de hartazgo hacia la política, más allá de que el destinatario de los votos fuera el circunstancial contrincante con más posibilidades de ganarle al que detentaba el poder.

El mensaje podría resumirse en “quiero que gobierne el que no me joda, el que logre que pueda hablar con mis amigos de las cosas que realmente me gustan y no de política, el que no nos divida.” Ese es el mensaje del votante de centro. Un votante que es menos ideológico y que se fija, para bien y para mal, más en las formas que en el contenido.

La desilusión, precisamente, viene cuando el vacío o la inconsistencia del contenido hacen que el gobernante olvide rápidamente las formas que lo llevaron a ese lugar de poder. La desilusión viene cuando las sanas diferencias transmutan en el poder y se vuelven grietas enfermizas.

¿Por qué no intentar, entonces, armonizar contenido y forma para que las ideas sensatas puedan presentarse de una manera razonable y así lograr la confianza de la ciudadanía?

No es posible que siga definiéndose como “centro” a las políticas que terminan siendo inflacionarias, recesivas, opacas, despilfarradoras y de dudosa constitucionalidad, en el mejor de los casos.

Llegó la hora de explicar que no hay nada más en el centro que la Constitución Nacional, porque con su expresa declaración de derechos, deberes y garantías, y con su manual de funcionamiento del Estado y sus poderes, es el fruto del consenso más elevado que pudimos construir como sociedad. 

Llegó la hora de explicar que no hay nada más en el centro que la austeridad. Nada más en el centro que la simpleza de un sistema tributario viable. Nada más en el centro que el respeto a la libertad y los derechos individuales, porque eso siempre se traduce en confianza. Nada más en el centro que el ahorro, la inversión productiva, la iniciativa privada, la creación de empleo, el trabajo digno, el consumo responsable y la movilidad social. Nada más en el centro que la educación y la innovación. ¿Quién, dejando fanatismos de lado, puede estar en desacuerdo con esto?

Es hora de que ser y parecer, contenido y forma, vuelvan a encontrarse en el discurso y la acción política. Es hora de hablar de un país sin grietas y con la Constitución en el centro.

José Luis Patiño
Diputado de la Nación