A 210 años de su nacimiento, el país está lejos de haber cumplido la visión de grandeza, prosperidad y paz social que nos propuso el padre de nuestra Constitución

Juan Bautista Alberdi

Hemos fallado. Nosotros y quienes nos precedieron.

No hemos sabido consolidar una democracia liberal con crecimiento económico y social sino una democracia débil, demagógica y permanentemente amenazada. No hemos sabido generar desarrollo y civilización, sino anomia, juegos de suma cero y resentimiento cruzado en una guerra de sectores. No hemos logrado paz social sino un conflicto permanente, azuzado conscientemente como narrativa para aumentar el poder de un Estado cada vez más omnipotente.

Le hemos fallado a Alberdi y a la visión que plasmó en su obra y en la Constitución de 1853, ese conjunto de reglas en torno al cual se erigió nuestro país.

Pero no quiero con esto dejar un mensaje derrotista, sino todo lo contrario. Quiero invitar a la reflexión para dejar un mensaje de esperanza. Podemos dejar de fallarle a Juan Bautista Alberdi.

Podemos orientar nuestra tarea como legisladores hacia una observación más precisa de nuestra realidad, en lugar de regular como si nuestro país fuera otro. La ley, señalaba Alberdi, “no es inspiración de artista, no es producto del entusiasmo; es obra de la reflexión fría, del cálculo y del examen aplicados al estudio de los hechos reales y de los medios posibles”. Debemos legislar en base a la evidencia, que es lo más cercano que tenemos a la objetividad.

Podemos, en tanto diputados de la Nación, guiar nuestra labor parlamentaria inspirados en “las dos deidades llenas de luz”, como las llamaba Alberdi: la libertad y el progreso. ¿Qué consecuencias busca este proyecto que se presenta hoy? ¿Reconocer mayor libertad? ¿Generar mayor progreso? Si no cumple ni uno ni otro fin, ¿para qué sirve? Fatigamos nuestras sesiones discutiendo cómo sacar a unos para dar a otros, en un juego de suma cero que jugamos hace décadas y que lo único que ha logrado es que la torta sea cada vez más insignificante. Cada vez hay menos margen para eso y todos lo sabemos. Por eso debemos seguir el rumbo alberdiano establecido en Sistema Económico y Rentístico, y dejar lo más libre posible a los creadores de valor, a los empresarios y emprendedores, que son los únicos que generan trabajo genuino. Sacar el pie del pecho al sector privado es algo que, como diputados, podemos y debemos hacer.

Si hay alimentos, materiales, construcciones, medicinas, servicios, vehículos, no es por nuestra tarea en la Honorable Cámara, sino porque millones de héroes anónimos, la más de las veces maltratados por los gobiernos, se levantan todos los días para llevar adelante su tarea productiva, empresarial y comercial.

Podemos y debemos volver a recrear esa visión.

Podemos, y debemos, defender la división de poderes, tema lamentablemente en boga por estos días. Sin Justicia no hay sociedad civil. Alberdi decía: “La propiedad, la vida, el honor, son bienes nominales cuando la justicia es mala. No hay aliciente para trabajar en la adquisición de bienes que han de estar a merced de los pícaros. La ley, la Constitución, el gobierno, son palabras vacías, si no se reducen a hechos por la mano del juez que, en último resultado, es quien lo hace ser realidad o mentira”. Hoy podemos honrar a Juan Bautista Alberdi oponiéndonos a la inoportuna y tramposa reforma de la Justicia.

Podemos, desde nuestras bancas, volver a prestigiar el contrato social plasmado en nuestra Constitución Nacional, por la que juramos al asumir nuestros mandatos. “El arte del gobierno, decía Alberdi, es el arte de hacer que los pueblos amen la Constitución y las leyes”. Tenemos que prestigiar al que juega dentro de las reglas y no al tramposo, al que cumple el contrato y no al que lo rompe. Dentro de la Constitución todo, fuera de la Constitución o arriba de la Constitución, nada.

La Constitución Nacional es el centro político, el marco para el diálogo y el debate, el espacio para expresar las diferencias sin violar derechos fundamentales. Abrazando la Constitución se eliminan las grietas, porque precisamente eso es lo que propuso Alberdi cuando inspiró a los constituyentes: constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior y asegurar los beneficios de la libertad.

Así, y sólo así, dejaremos de fallarle al padre de nuestra Constitución. Así y sólo así, dejaremos de lamentar inflaciones crónicas, pobreza creciente y conflictividad social. Así y sólo así sentaremos las bases y puntos de partida para organizar nuestra vida política, económica y social, volviendo a ser un país de avanzada, del que nuestros hijos no quieran emigrar.