La política se define como la ciencia, arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los Estados. Se orienta al ejercicio del poder y por lo tanto hacia una visión constructivista, donde se estudia la organización social y el ejercicio de la autoridad sobre los individuos.

Este enfoque clásico entiende la política como el acceso al poder y su ejercicio en relación a un conflicto de intereses. Carl Schmitt definía la política como un juego amigo-enemigo, y Max Weber como una actividad que se desarrolla en función del poder.

Así es que la acción de los partidos políticos se manifiesta como una lucha por el poder con el fin de imponer desde esa posición sus ideas, valores y estilos de vida al resto de los individuos que componen una sociedad. Incluso los partidos denominados liberales participan de la vida política de un país compitiendo por el acceso y el ejercicio del poder.

Las reflexiones de John Locke acerca de los tres derechos fundamentales: vida, libertad y propiedad, y la idea de que un gobierno que se ocupe de proteger esos derechos daría lugar a un proceso evolutivo y un orden social espontáneo motorizado por la sociedad civil y la actividad privada, dieron origen al liberalismo como una doctrina que irrumpe en la historia para poner límites a ese poder ejercido sobre los individuos.

Esta limitación del poder sería, en consecuencia, el objetivo político de los partidos liberales clásicos, aunque paradójicamente eso implique participar de la lucha política para ostentar ese poder.

En este sentido, cabe preguntarse si existe otra manera de ejercer el poder político y el gobierno, o si es posible construir una sociedad desde las relaciones individuales y no al revés.

¿Puede estudiarse la política desde el individualismo metodológico? ¿Existe una manera de abordarla desde este marco de ideas y proponer formas diferentes de orientar la acción política?

Algunos pensadores se han propuesto analizar la política, no desde el ejercicio del poder sino desde el estudio de las relaciones individuales. Hannah Arendt decía que “los hombres se organizan políticamente según determinadas comunidades esenciales en un caos absoluto, o a partir de un caos absoluto de las diferencias.”

A partir de esto último Arendt habla de la política como la gestión de las diferencias, advirtiendo que “la pluralidad es la condición de la acción humana, debido a que todos somos humanos, y por tanto nadie es igual a cualquier otro que haya vivido, viva o vivirá”.

También el marxismo, salvando diferencias, amplía la concepción de la política abarcando todas las actividades humanas. La frase “lo personal es político” de los movimientos estudiantiles marxistas de los años ´60, busca poner de relieve las conexiones entre la experiencia personal y las estructuras sociales y políticas.

Incluso un análisis desprejuiciado del peronismo después de Perón, nos permite observar cómo la regeneración de este movimiento y el surgimiento de nuevos líderes es posible en base a pequeños acuerdos donde participan punteros políticos, líderes sindicales, militantes juveniles y barriales y hasta empresarios, en lo que ellos mismos bautizaron como “rosca” política. Una infinidad de acuerdos imperceptibles, que superan la formalidad del Partido Justicialista y que en determinado momento surgen ante nuevas demandas sociales. Un caos que de alguna forma se ordena y da origen, cada cierto tiempo, a un nuevo liderazgo y una nueva versión del peronismo.

Este recorrido por miradas de diferentes corrientes ideológicas apunta a tratar de comprender que el liberalismo político se debe un paso evolutivo y que la renovación se realizará más desde la construcción cotidiana de relaciones de poder horizontal entre los ciudadanos, que desde liderazgos que surgen en los medios de comunicación o desde candidaturas autoproclamadas.

Decía Ludwing Von Mises: “La comprensión histórica tiene como misión dilucidar aquellas cuestiones que las ciencias no históricas son incapaces de resolver satisfactoriamente. La comprensión jamás puede contradecir las doctrinas formuladas por estas otras disciplinas. Ha de limitarse, por un lado, a descubrir ante determinada acción las ideas que impulsaron a los actores, los fines perseguidos y los medios aplicados a su consecución y, por otro, a calibrar la respectiva importancia de los factores que intervienen en la aparición de cierto hecho, siempre y cuando las disciplinas no históricas sean incapaces de resolver la duda”.

Y ya que estamos con Mises, ¿Por qué no entender la acción política como una de las formas de la acción humana?

¿Es acción política votar cada cuatro años por el menos malo, postularse a cargos electivos sin posibilidad de ganar una elección, ejercer funciones públicas para no cambiar lo que hay que cambiar, proponer normas para regir el comportamiento social en vez de dar más libertad a los individuos? O la acción política también es un comportamiento con un propósito, intencional, planeado, no simplemente reactivo o casual, con el objeto de pasar de un estado menos satisfactorio de cosas a otro más satisfactorio?

Alexis de Tocqueville percibió el poder de la cooperación social apenas pisó suelo americano. ¿Dónde está el poder? se preguntó al observar infinidad de asociaciones y gobiernos locales. En el otro extremo del continente, Juan Bautista Alberdi, Esteban Echeverría, Juan María Gutierrez y los demás integrantes de la Asociación de Mayo eligieron la palabra “asociación” como la primera de una lista de palabras simbólicas. Decían: “La política debe encaminar sus esfuerzos a asegurar por medio de la asociación a cada ciudadano su libertad y su individualidad.”

La propuesta que urge en estos tiempos, y que realmente no veo en las diferentes iniciativas electorales que se perfilan de cara a 2021, es abordar la política desde el individualismo metodológico, no solo en su análisis sino también en la manera de construir relaciones de poder. En ámbitos privados, sobre todo ligados a las organizaciones de la sociedad civil, han aparecido propuestas que apuntan a ejercer el poder de manera horizontal, tal es el caso conocido como holocracia.

La holocracia es un sistema de organización en el que la toma de decisiones se distribuye de forma horizontal, en vez de establecerse mediante una jerarquía tradicional.

La holocracia se basa en los siguientes aspectos:

Organización circular: Se basa en equipos pero no se estructura de manera piramidal ni jerárquica. Cada grupo se auto-organiza internamente para lograr los objetivos propuestos.

Gobierno cooperativo: La holocracia funciona en base a reuniones periódicas en las que participan todos los involucrados para evaluar distintos aspectos de la organización y la dinámica de cooperación. Entre los mismos participantes se asignan diversos roles y tareas.

Definición de roles: En las organizaciones holocráticas no hay puestos ni cargos determinados, sino un grupo de individuos que se asignan coordinadamente roles específicos para que los ejecuten dentro de la estructura.

Flexibilidad: La holocracia propicia sistemas de colaboración en los que los individuos pueden trabajar en varios proyectos ocupando diferentes roles.

Autonomía: Los individuos tienen el poder de abordar y resolver los problemas que se planteen dentro de la dinámica de cooperación. Esta autogestión también favorece su crecimiento personal y la eficiencia al momento de enfrentar otras circunstancias.

Más allá de este ejemplo, el objetivo de este artículo es entender que en esta etapa de la evolución humana no alcanza con participar de la clásica lucha partidaria por el poder, sino que la defensa de la vida, la libertad y la propiedad requieren nuevas formas de hacer política, más autogestivas, cooperativas y basadas más en la acción humana que en la reacción social ante el contexto.

Es una reflexión, pero también una invitación a pensar nuevos tipos de organizaciones políticas y partidos políticos holocráticos capaces de liderar la transición. Un orden espontáneo libre también puede lograrse a través de la acción política.

Por José Luis Patiño